sábado, 14 de junio de 2014

Por un segundo...

         Abres los ojos otra vez para capturar con tu mirada un cielo amplio e infinito, lejano y sombrío. Liberas un suspiro ajado de tus pulmones y sientes el aire caliente elevarse despacio, perdiéndose entre los remolinos de frío plomo que penden de las alturas. El viento silba inquieto sobre las copas de los árboles, y las hojas caen lentas, crujientes y vulnerables.

         Las cumbres de unas montañas quejumbrosas por la edad despuntan en el horizonte, y una bandada de pájaros negros ejecuta su elegante y coordinada danza por encima de tu cabeza. Los observas. Los admiras. Los envidias.
 
 
         Y por un segundo deseas ser ellos. Extender tus alas de ébano y lanzarte al vacío desconocido, alejándote de todo lo que conoces, adentrándote en un universo de brisas y nubes que cubran cualquier pena, cualquier miedo, cualquier recuerdo.
         Y por un segundo acaricias la idea de volar más alto que nadie para perderte en el aire, colgándote de los rayos del sol y durmiendo en la cuna de luz lunar que abandona a su suerte la fría noche.
         Y por un segundo ansías crecer en alma y llegar al centro de todo para contemplar el mundo desde fuera, conociendo las inquietudes y los sueños de los habitantes de los suelos, siendo más y mejor.
         Y por un segundo te lo crees. Recreas en las puntas de tus dedos la sensación de ese vuelo robado. Y podrías jurar que sientes el viento removiendo tu pelo.
 
         Estiras lentamente los brazos hacia delante, con tanto cuidado como te es posible, pues no quieres ahuyentar la ilusión que tiñe de dorado tu mirada. Giras perezosamente las muñecas sin perder de vista a los pájaros, y ahí está: es ese instante tan efímero y etéreo que sabes que nadie te creería. Pero tú ya lo has vivido. Un momento breve, veloz, frágil, y a la vez tan intenso…
         Una sonrisa pendiendo de la comisura de tus labios y un suspiro que se deshace entre tus dedos, implorando porque lo recuerdes incluso cuando te haya vencido el sueño, y la quimera que te dicta la orden de seguir a las aves se haya desvanecido.
         Y extiendes un poco más los brazos, hasta que casi, casi, puedes tocar las estrellas. Y vuelves a cerrar los ojos muy despacio, cayendo otra vez mientras los pájaros cantan y se despiden con sus últimas piruetas.
         Y, por un segundo, te alejas volando con ellos.
         Pero, esta vez, te vas para no volver.

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